“Palabra de Bierce...”
Por Pablo Andrés Donadello
Leyendo algo de Bierce, acuden a mi mente remembranzas inmediatas, de aquí cerca y de hace no mucho tiempo por lo que encuentro válido recordar -pasado ya un prudente período de tiempo- aquel tan sonado evento ocurrido en Rosario hace unos meses atrás: el Congreso de la Lengua Española.
Estaba leyendo a un escritor norteamericano, Ambrose Bierce quien casualmente osó compilar hace muchísimos años un textodenominado más tarde “Diccionario del Diablo” en el que asignaba caprichosamente diversos significados a un listado de palabras contenidas en la obra de acuerdo a su particular modo de ver las personas, las cosas y el mundo.
Fue entonces cuando más vale tarde que nunca me propuse revisar algunos términos relacionados en el DICCIONARIO DE LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA pues algunas dudas quedaron rondando por mi mente. Acudí presuroso al Padre de Todos los Libros y entre sus páginas pude leer varios significados que no le proporcionaron a mi entendimiento la dimensión precisa como para comprender finalmente el histórico evento cultural que había convocado a tantos entendidos en nuestra ciudad.
Entre otros significados encontré:
Léxico: Diccionario de la lengua griega y por extensión: el de cualquier otra lengua.
Lexicografía: Arte de componer diccionarios.
Lexicógrafo: Persona que recoge todos los vocablos que han de entrar en un léxico. Persona versada en lexicografía.
No conforme aún y aunque mi formación estructurada, lineal, programada e institucionalizada me obligaba a comprender, no acepté eso y volví a releer a Bierce:

“Lexicógrafo: Pestilente individuo que bajo pretexto de inspeccionar un estadio determinado en el progreso de una lengua, para detener su crecimiento, hace lo que puede, quitarle maleabilidad y mecanizar sus métodos. El lexicógrafo, después de escribir su diccionario, se convierte en "autoridad", cuando su función es hacer simplemente una compilación y no dictar una ley. El servilismo natural de la inteligencia humana, al conferirlo de un poder judicial, dimite a su derecho, a la razón y se sojuzga a una mera crónica como si fuera un estatuto legal. Basta, por ejemplo, que el diccionario catalogue a una palabra de buena ley como "obsoleta" u "obsolescente", para que pocos hombres se atrevan a utilizarla en adelante, por mucho que la necesiten y por conveniente que sea. De este modo, el empobrecimiento se apresura y el idioma decae. Por el contrario, el escritor audaz y cultivado que sabe que el idioma crece por innovación -cuando crece- y fabrica nuevas palabras o usa las viejas en un sentido poco familiar- encuentra pocos adeptos. Enseguida le marcan severamente que "eso no está en el diccionario”, aunque antes de aparecer el primer lexicógrafo (que Dios lo perdone) nadie había usado una palabra que estuviera en el diccionario. En la época dorada del idioma inglés, cuando de labios de los grandes isabelinos brotaban palabras que formaban su propio significado, evidente en su sonido mismo, cuando eran posibles un Shakespeare y un Bacon, y el idioma, que hoy muere rápidamente por una punta y se renueva despacio por la otra, crecía vigoroso y se conservaba dulce como la miel y fuerte como un león, el lexicógrafo era una persona desconocida, y el diccionario, una obra para cuya creación el Creador no lo había creado”.
Al fin comprendí y decidí quedarme definitivamente con aquella genial definición surgida entre 1881 y 1906 de la magistral pluma de Ambrose Bierce.


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